Bicentenario: Tentativa sobre “lo chileno” PDF Imprimir E-mail


Por Eduardo Sepúlveda R.

 

 

Del Bicentenario se habla con reiterada frecuencia desde el inicio de la década, bajo la administración de Ricardo Lagos. De hecho el ex presidente hace no mucho fue exhortado por el actual oficialismo sobre las “obras” que bajo su administración impulsó como proyectos Bicentenario. Lagos recordó que cuando comenzaba su manadato –año 2000– se nombró la Comisión Bicentenario. Ella –escribió en una columna– convocó “a un grupo pluralista, amplio y representativo: el presidente de esa comisión fue el ministro del Interior, pero en ese grupo diverso estuvieron, entre otras personas de la oposición, Andrés Allamand, Julio Dittborn y el actual Presidente, Sebastián Piñera”.


Hoy, la Comisión está compuesta por medio centenar de personas del mundo laico, religioso y académico que asesoran a la Secretaría de la Presidencia en el tema.

A principios de junio tras una larga disputa que involucró hasta al actual mandatario, la Cámara de Diputados aprobó por 55 votos a favor y 48 en contra, establecer feriados los días 17 y 20 de septiembre. En momentos que se escriben estás líneas Sebastián Piñera responde a la polémica propuesta de indulto de la Iglesia Católica titulada “Chile, una mesa para todos en el Bicentenario”.

Todo es Bicentenario, Bicentenario, Bicentenario.

Más allá de la discusión de carácter histórico de que el verdadero Bicentenario debiera conmemorarse el 12 de febrero de 2018, pues en fecha similar, pero 200 años antes O’Higgins declaró la independencia de Chile; e incluso, siendo más riguroso, el 05 de abril, fecha en que algunos historiados dan cuenta, las fuerzas realistas son derrotadas definitivamente.
O, el 03 de junio de 1818, día en que aparece el Decreto “Denominación de Chilenos” impulsado por el Director Supremo,Bernardo O’Higgins. “Supuesto -dice el documento- que ya no dependemos de España, no debemos llamarlos españoles, sino chilenos”
Independiente de la celebración cronológica del cumpleaños de la patria, vale preguntarse ¿Qué es “lo chileno”? La Identidad Nacional, por cierto. Y, ¿Qué entendemos los chilenos por Identidad Nacional? ¿Qué elementos constituyen, conciente e inconcientemente en las chilenas y chilenos, moros o cristianos, obreros o empresarios, campesinos o ciudadanos, la idea compartida del Bicentenario?

Identidad Nacional


Jorge Larraín, sociólogo, es uno de intelectuales nacionales que más ha reflexionado y escrito sobre el tema de la Identidad Nacional. Un acabado trabajo que publicó la editorial LOM en 2001, será la obra de referencia para este artículo.

La identidad nacional no es una esencia innata dada, sino un proceso social de construcción, advierte Larraín. En ella se identifican tres elementos constitutivos:

La primera es que “los individuos se definen a si mismos o se identifican con ciertas cualidades, en términos de categorías sociales compartidas”. Ejemplos: género, clase, etnia, religión, profesión, sexualidad etc. Estas cualidades grupales son culturalmente determinadas y contribuyen a especificar al sujeto.

María Cristina Larco, escritora, es de la idea que “las mujeres chilenas no tienen nada que celebrar este Bicentenario, porque no participamos en la Constitución del Estado”. “Nosotras -agrega- apenas superamos los cincuenta años de República, pues hasta entonces no teníamos derecho a voz ni a voto. A los indígenas y otros grupos les debe suceder lo mismo”. La literata va más allá y dice creer más en “una Matria que en la Patria”.

Héctor Maldonado Silva, campesino, comenta que le gustó que hayan dado dos días feriados más para celebrar el Bicentenario; sirven para descansar, dice. “Es que sabe lo que pasa oiga, la gente está estresada, entonces esto le viene de perilla… y deberían dar dos días más” agrega entre carcajadas. Don Héctor, se sale un poco de la pequeña entrevista y como aprovechando una oportunidad, pide que se incluya que él trabajó los mil días de Salvador Allende en la reforma agraria, en el asentamiento de María Pinto, Curacaví. Hecho esto, el entrevistado vuelve al tema: “Esto del terremoto, del maremoto, de este nuevo presidente que a muchos no nos gustó, la carestía de la vida, las cuentas, hacen que la mochila se ponga muy pesada; entonces, tomarse unos tragos de vino y una guenas empanadas y los que van a las fondas a bailar cueca, que vayan, porque está bien, corresponden, son costumbres nuestras…”

El segundo elemento que constituye la Identidad Nacional, según Larrraín son “el o los elementos materiales de posicionamiento que otorgan al sujeto los elementos vitales para sentir autorreconocimiento”. Cabe suponer aquí algunas de las costumbres dieciocheras que hacía mención don Héctor, y pueden agregársele los multicolores volantines que como aves burlan la ley de gravedad, simbolizando junto al trompo, al palo encebado y las carreras en saco, los juegos tradicionales de fiestas patrias.



En la idea de producir, poseer, o modelar cosas materiales los humanos proyectamos nuestro “sí mismo” en ellas, es decir, los objetos proyectados por nosotros, obedecen a nuestra propia imagen, son una extensión de nuestra personalidad.

Un tercer elemento constitutivo de la Identidad Nacional el sociólogo citado lo ubica en la construcción de nuestro “sí mismo” que necesariamente supone la existencia de ‘otros’, cuya opinión acerca de nosotros internalizamos y en la cual a su vez en algunos casos el ‘si mismo’ se diferencia y busca su carácter distintivo”. Por eso usted saltó del sillón o fue a Plaza Baquedano a celebrar el triunfo de la “roja” ante los “otros”.

Consultado sobre la chilenidad el poeta Edmundo Herrera, sostiene: “Chilenidad para mí no es la empanada, no es la cueca, no es el huaso. Yo creo que la chilenidad se da en otros países como la argentinidad, por ejemplo. Me siento chileno por nacer en esta tierra; conocer a la gente de este país, de mi país, eso para mi es la chilenidad”.

“Nuestra autoimagen total -dirá Larraín- implica nuestras relaciones con otras personas y su evaluación de nosotros, es decir, el sujeto se define en como lo ven los otros. No obstante, destaca el sociólogo, “sólo las evaluaciones de aquellos otros que son de algún modo significativo para el sujeto, cuentan verdaderamente para la mantención de la autoimagen”.

Este tercer elemento supone entonces, que la identidad no responde tanto a la pregunta “¿Quien soy yo?” o “¿Qué quisiera ser yo”?, sino más bien a “¿Quién soy yo a los ojos de los otros”? o “¿Qué me gustaría ser? considerando el juicio de los “otros”
Para el Bicentenario tenemos que celebrar la tierra y el hombre de aquí, manifiesta el poeta Herrera. “Yo estuve en Berlín y París y era un extraño porque no era el lugar donde había nacido. Yo nací en una tierra específica, como los árboles, y a ella pertenezco. La chilenidad es la pertenencia a un lugar, de ahí viene el ser, su relámpago y eso es lo hermoso y que hay que destacar”


Identidad y Modernidad

Chile fue colonizado -como toda Latinoamérica- en los albores de la modernidad europea. El país se convirtió en el “otro” de la propia imagen europea, pero fue relegado deliberadamente de los principales procesos políticos por el poder colonial.

El entusiasmo de la Modernidad Ilustrada europea en los primeros años de la independencia, fue más de carácter formal y discursivo que por su práctica institucional político económica, donde por siglos se mantuvo estructuras tradicionalmente excluyentes.

Cuando la Modernidad se empezó a implementar en las primeras décadas del siglo XX, surgieron las dudas culturales de la clase dirigente si Chile era capaz de modernizarse autónomamente o si era recomendable hacerlo a la luz de los patrones norteamericanos y europeos. Larraín recuerda que los chilenos “nacimos en le época moderna sin que nos dejaran ser modernos. Cuando pudimos serlo, lo fuimos sólo en el discurso programático, y cuando empezamos a serlo en realidad, nos surgió la duda si esto afectaba nuestra identidad”.

El Hispanismo, por ejemplo, en los años ’40 atacaba los procesos modernizadores ocurridos desde la independencia. Sus exponentes, grupos conservadores en lo político y religioso, sostenían que el país había olvidado “su verdadera identidad basada en los valores medievales españoles”.

En la década del ’60 con el Frente Popular potenciando y potenciado por las trasformaciones sociales alcanzadas en Chile, y Latinoamérica, que experimentaba un impulso en su proyecto social, apostaban a la construcción de un sujeto social que deriva en identidad. En lo político y económico el discurso emanado desde la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe, CEPAL es convergente con el de una nueva Iglesia en el continente. La teología de la Liberación encabezada por los sacerdotes Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y Camilo Torres sienta nuevos precedentes en la región.

Llegado los años ’90, maduran en Chile las políticas neoliberales que habían sido impuestas en dictadura desde mediados de 1970. Es a partir de este momento que la clase política se entrega a la idea de que el mercado es el medio más eficiente para resolver la problemática del desarrollo social. Esta concepción, que redujo el rol del Estado en la planificación de las políticas públicas, por tanto, es tecnocrática en lo político y mediática en lo cultural, trae consigo una nueva configuración de la Identidad Nacional: el país es “Jaguar de Latinoamérica” o “Los suecos de Latinoamérica”. Aparecen rasgos identitarios nuevos como el consumismo, sociedad civil débil; despolitización, fragmentación, individualismo etc.
 


Versiones de la identidad

Para Jorge Larraín las construcciones discursivas de la identidad nacional, siempre excluyen a una gran cantidad de rasgos culturales presentes, pues se consideran secundarios o no representativos. Por tal razón -agrega- es posible hablar de diferentes versiones de la identidad nacional, según sea la selección que se haga de rasgos culturales considerados relevantes. Estas definiciones son predominantemente esencialistas.

Desde el punto de vista del contenido –explica Larraín- el esencialismo constituye un modo de pensar la identidad cultural como un hecho acabado, como un conjunto ya establecido de experiencias comunes y de valores fundamentales que se construyó en el pasado de una vez y para siempre.

Las variadas formas de asumir la identidad son tan amplias como divergentes, destacan:

La versión militar

Ésta, cuyo principal exponente es el historiador Mario Góngora, le atribuye un rol principal a la guerra en la construcción de identidad. A partir de las guerras de la Independencia y luego de las sucesivas guerras victoriosas del siglo XIX se ha ido constituyendo un sentimiento y una conciencia propiamente "nacionales, la "chilenidad", se lee en el Ensayo Historico Sobre la Noción de Chilenidad en los siglos XIX y XX que publicara en 1986 el extinto historiador.
 
La versión psico-social de la chilenidad

Ésta aboga por los rasgos psicológicos como una herencia genética de raza.

La versión empresarial

En este discurso aflora lo chileno como en una concepción cultural que destaca el empuje, el dinamismo, el éxito, la ganancia y el consumo como los nuevos valores centrales de la sociedad chilena. Esta visión posmodernista, resalta a partir de los años ’90, y coincide con la llegada de los gobiernos concertacionistas, pues ellos enfatizaron un cuidadoso marketing por el éxito económico.

La versión de la Cultura Popular
Su principal exponente es el historiador Gabriel Salazar
Sostiene que la construcción de un sujeto histórico, que contiene los elementos identitarios, proviene de la clase no dominante, dell “bajo pueblo”. Es de esta capa social que Salazar identificará características distintivas que destacan como lo más propio de la identidad chilena. La cultura popular -dirá el historiador- está llena de tensiones e incoherencias, pero tiene la fuerza de la imaginación creadora que le ha permitido al pueblo sobrevivir en condiciones históricamente muy adversas.
Julio 25 de 2010

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