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Los dilemas electorales están planteados. Desde tempranas horas, el próximo 13 de diciembre, se constituirán las mesas receptoras de sufragios y la sociedad chilena habilitada para sufragar concurrirá a los centros de votación. El país entero seguirá con interés los comicios. Será, sin duda la elección más trascendente desde el advenimiento de los gobiernos civiles.
La democracia es verdadera y participativa cuando los integrantes de una sociedad, en su doble condición de seres individuales y colectivos, eligen en torno a ideas, programas y proyectos de país y, las elecciones constituyen una de las tantas expresiones de la voluntad popular -no la única- ante el acontecer político de una sociedad.
Cuando el marketing, el peso del dinero, en definitiva el mercado, invade la democracia, ésta se ve dificultada y tremendamente dañada. Pero el proceso electoral está aquí, instalado como una realidad ineludible y cada uno concurrirá o no a las urnas y expresará con su acto una opción. Lo que sigue, es una breve caracterización de las opciones presentes para éste 13 diciembre. Es un concierto a cinco voces. La segunda vuelta, a realizarse en enero será otra elección.
Arrate y la posibilidad de un frente de izquierda para Chile
Nadie imaginó que la candidatura presidencial de la izquierda enarbolada por Jorge Arrate, iba a tener el eco y la resonancia que efectivamente ha tenido en este proceso eleccionario. Sin duda que la aparición, aunque siempre desmedrada en relación a los otros candidatos, en los medios de comunicación ha jugado un papel importante en ese eco, pues le ha permitido ir entregando los aspectos centrales de su programa.
El permanente aumento de intenciones de voto, reflejadas en las siempre cuestionables encuestas, muestran que en la medida que se puede desplegar programa e ideas, la gente va teniendo una posibilidad mayor de discernir entre propuestas y el ofertón desvergonzado de medidas demagógicas que hoy llenan nuestros ojos y oídos.
Este cierto entusiasmo que se ha despertado por la candidatura de izquierda, la crisis casi irreparable de la Concertación y de los partidos que la componen sumados a las nuevas realidades que en América Latina se vienen construyendo, va configurando un escenario en donde la construcción de una izquierda potente, en la forma de un Frente o algo parecido, toma fuerza.
“Queremos una sociedad plural, donde se expresen las diversas formas de pensamiento, para que nuestros compatriotas puedan decidir libremente y sin imposiciones hegemónicas el país que desean construir”, reza uno de los siete compromisos del programa de la izquierda. Este compromiso es tal vez la piedra angular de una propuesta de mayor democratización, pues supone el necesario cambio de una Constitución Política amañada por Pinochet y prohijada por los sucesivos gobiernos de la Concertación.
Es difícil lograr aquello sin una izquierda cohesionada tras un programa, con una identidad propia y una orgánica que dé vida y acción a tan magníficos propósitos.
El resultado de las elecciones será determinante, sin duda, para dar cuerpo a la idea. Si la candidatura de Arrate y la izquierda, logra superar los promedios históricos de su votación, la posibilidad de constituir un Frente de Izquierda estará más cerca que nunca de lograrlo.
Marco derivó en un proyecto más personalista que colectivo
El número 2 en la papeleta electoral surgió tras el inicio de una crisis de representación de la sociedad chilena. – que el actual realineamiento en curso buscará resolver- haciéndose eco de un cuestionamiento severo a la clase política y despotricando hacia todos lados. Su campaña y sus asesores, por conveniencia electoral o complicidad, se dejaron abrazar por los estímulos del duopolio mediático nacional. En su afán de vivir el presente, desdeñaron el hecho de que los ciudadanos y la sociedad traen consigo una historia y que desde allí se piensa, sueña y construye el futuro.
Esa conveniencia de corto alcance y esos olvidos hicieron de su candidatura un verdadero hijo del liberalismo y no de una transformación verdadera. La candidatura de Marco, se fue constituyendo más con aquellos incómodos con el lugar y la distribución del poder en el seno de la propia Concertación. De allí sus ambigüedades y la sumatoria de individualidades.
Las criticas a las elites gobernantes y dominantes, tanto las provenientes de Marco como de sus asesores, no responden a la convicción de hacer presentes real y efectivamente a los trabajadores asalariados, a los trabajadores por cuenta propia, a los excluidos y postergados y a los pequeños y medianos empresarios en la democracia y en un diseño de país de futuro.
Sus críticas a las elites dominantes se circunscriben más a la idea de configurar una nueva elite, y no hacerse cargo de que la crisis de representación requiere de actores sociales colectivos y una mayor participación del mundo social y popular. De allí que sostuviera, entre el cúmulo de afirmaciones, desmentidos y reafirmaciones, que “a una asamblea constituyente se sabe como se entra pero no se sabe como se sale”
Piñera ofrece
Por primera vez la derecha chilena, la política y la económica, siente que puede ganar una elección presidencial. La última vez que ello ocurrió fue hace 50 años.
Su candidato, Sebastián Piñera Echeñique, es un empresario exitoso, pragmático y agresivo en sus negocios. Muchos de sus comportamientos le han significado cuestionamientos éticos. Pero él es un perseverante.
La Unión Demócrata Independiente, UDI, es su aliado más potente. Un partido con vocación de poder que hoy ante la posible derrota de su candidato se refuerza en lograr una mayor fuerza parlamentaria y que, en caso de un eventual triunfo presidencial, hará pesar su mayor fuerza territorial y orgánica y saca cuentas alegres para el 2014: su turno.
Piñera, de hablar luengo y con muchas frases preconstruidas, no ha logrado superar en las encuestas el techo histórico que obtiene la derecha política. La mayor capacidad económica evidente de su candidatura, le permite tener una presencia propagandística en todo el territorio nacional.
En su pragmatismo, la candidatura de Piñera se ha travestido de diferentes ropajes: dice que continuará y profundizará determinadas políticas sociales, habla del emprendimiento y la libertad de trabajo, publicitariamente asume en su franja electoral la presencia de minorías sexuales. Toda una combinación de dichos y hechos que se constituyen en las garantías de un producto para ser vendido en el mercado.
La candidatura de Piñera, espera que el 13 de diciembre, lo favorezca el despliegue publicitario y el desgaste que la Concertación ha sufrido. Por ello, Piñera sabe que pasa a segunda vuelta. Pero él y sus asesores saben que el balotaje es otra elección.
Frei dice que será otro Frei
Si hay una cualidad que caracteriza a Frei en la política, es su tenacidad. Fue el precandidato de la Concertación que despertó en el oficialismo menos adhesiones y terminó imponiéndose ante la retractación de Lagos e Insulza. Compitió en primarias con José Antonio Gómez, pero la carrera estaba corrida. Fue un esforzado ungido, eso no permite negación. Pero, ¿Qué se espera de un candidato que no ha reunido todo el apoyo que tuvieron los otros postulantes concertacionistas en elecciones pasadas, en incluso, el mismo en el ’95? Más ahora con la irrupción de Enríquez-Ominami. La respuesta. Su programa.
Y así lo entiende seguramente Eduardo Frei Ruiz-Tagle que en cada intervención pública aboga por más presencia del Estado en la resolución de la problemática social. Se le ha enrostrado por este discurso varias privatizaciones que se realizaron bajo su presidencia, pero el eje de sus propuestas ha seguido siendo el mismo: “Seremos un gobierno progresista”
¿Qué cabe esperar del progresismo freísta en caso de su eventual triunfo? Más recursos a la educación pública cuya estructura seguirá siendo la que sacó a los pingüinos a la calle. Más hospitales concesionados. Más carreteras a cargo de los grandes consorcios. La presencia del estado que alude Frei no figurará en la agenda en lo que se refiere a inversión directa. Está seguirá en manos de privados.
La presencia de más Estado en el discurso de Frei no obedece a otra cosa que a los datos de la causa: la crisis económica mundial y el derrumbe del sistema financiero que la provocó. Será aquí donde Frei tiene terreno para moverse sin modificar la estructura productiva del país. Más regulación a las inversiones extranjeras, limitaciones a arriesgar el dinero de los contribuyentes, o potenciar a las superintendencias en su rol regulador. Más allá de este plano, cuesta vislumbrar más Estado en un eventual gobierno del senador DC.
En lo político, seguramente habrá un esfuerzo por cambiar el sistema binominal que acusa la crisis transversal de representación que tiene el sistema electoral chileno. De esto a lograr que los chilenos residentes en el extranjero puedan votar es arriesgar mucho en la proyección.
Otro punto del progresismo freísta es la cabida que ha tenido en el debate los temas éticos morales. Es políticamente incorrecto hacer caso omiso de estas realidades, por lo mismo el candidato se ha manifestado a favor de los derechos que tiene las parejas homosexuales, de ahí a que se les permita matrimonio en su probable mandato iría en contra de toda lógica de un militante falangista.
Frei no ha querido comprometerse en demasía con una reforma tributaria, advirtiendo por ahí que habrá mayores impuestos a las utilidades. Que ésta medida cambie u otra, cambie la estructura tremendamente regresiva del sistema tributario nacional, suena como utopía socialista, lo que ni Frei ni la Concertación han sido.
Anula con la tula
A mediados de los años 90, en la previa a una elección, aparecieron grafitis en distintos puntos de la capital y otras ciudades chilenas con la leyenda "Anula con la tula". El picaresco rayado tuvo la virtud de destacar una opción que hasta ese momento transitaba en sordina y a la cual en años posteriores han recurrido diversas agrupaciones sociales y políticas ubicadas en el espectro más radicalizado de la sociedad.
Según estos grupos anular sería sinónimo de "dignidad", de "valentía", testimoniando una suerte de "pureza" antisistémica y de compromiso con una opción política cuya posibilidad de hacerse realidad pasaría por restar el máximo de legitimidad al establishment, ya sea con la anulación, el abstencionismo o la no inscripción en los registros electorales.
Es claro que una proporción de votantes anulan porque no se sienten representados por los candidatos propuestos y rechazan verse compelidos a favorecer opciones que no son de su agrado, expresando con ello un repudio al conjunto de la clase política. Esto, para muchos, resulta perfectamente legítimo. Sin embargo, difícilmente todos los que anulan o se abstienen están cercanos siquiera a las opciones políticas que sustentan los anulistas, y se vuelve más complejo identificar el sentido de ese voto, considerando que concurren en él desde el apoliticismo y el antipartidismo hasta el pinochetismo duro y algunos círculos de evangélicos.
Los resultados estrechos que se viene verificando en las últimas elecciones entre los bloques hegemónicos, brinda cierto aliciente a los anulistas en el sentido que con su opción pueden desequilibrar la balanza en un sentido u otro, aunque en los hechos sea más a favor de la derecha que del gobiernismo concertacionista. Esto último podría desalentar a algunos de persistir en anular.
¿Cuál será el verdadero nivel de incidencia de esta corriente en las próximas elecciones?

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